miércoles 17 de junio de 2026 - Edición Nº7034

Nacionales | 17 jun 2026

Hombres de campo y muchachos de barrio: la tradicional receta argentina para la hazaña de repetir Mundial

12:22 |Los pueblos y las ciudades medianas de Santa Fe y Córdoba, más desahogadas en lo económico, configuran una zona productora de entrenadores, también en el cuerpo técnico de Scaloni


 

A finales de los años cincuenta —en verdad durante casi todo el siglo XX—, el fútbol solía ser ignorado por los medios de comunicación de Estados Unidos. Menospreciado como un hobby de inmigrantes latinos, debía ocurrir un suceso extraordinario para que ese entretenimiento alejado del interés general ocupara un espacio en la prensa, la clase de anomalía —un cometa Halley del deporte— por la que un portal de España o de América Latina llevaría a informar en la actualidad sobre un ídolo asiático de críquet. Y sin embargo, en junio de 1957, la revista Time le dedicó un generoso despliegue a una noticia de soccer surgida en los tobillos del continente: la transferencia de un futbolista bonaerense a un club de Europa. “La República Argentina, caracterizada como gran exportadora de cereales, se ha convertido ahora en exportadora de futbolistas. Enrique Omar Sívori, de 21 años, de cuna humilde, jugador de River Plate de Buenos Aires, ha sido transferido a la Juventus de Italia por la cifra más alta que se haya pagado nunca en este tipo de transacción”, publicó Time, que entonces vendía dos millones de ejemplares por semana.

Casi 70 años después de aquella primera referencia en Estados Unidos a Argentina como república exportadora de trigo, maíz y futbolistas —Alfredo Di Stéfano, también surgido de River Plate, había llegado al Real Madrid cuatro años antes, aunque procedente de Millonarios de Colombia—, Lionel Messi y sus gregarios llegan al Mundial 2026 para cumplir una misión digna de la NASA del fútbol: alunizar en un planeta que ninguna selección pisa desde aquellos tiempos, el de ganar dos mundiales consecutivos, una hazaña que consiguió por última vez el Brasil de Pelé y Garrincha en Suecia 1958 y Chile 1962. Tras su victoria en Qatar 2022, el equipo de Lionel Scaloni intentará retener el título con una receta que no parece tener fecha de vencimiento: el fútbol argentino se nutre de su tradicional fábrica de jugadores, una chimenea de la que emanan talentos de, especialmente, dos geografías diferentes. La Albiceleste suele ser, y volverá a serlo en Estados Unidos, un cóctel complementario entre los muchachos nacidos en la capital del país y su periferia —el Área Metropolitana de Buenos Aires, el AMBA, un monstruo urbano que reúne a 16 millones de habitantes, un tercio de la población del país—, con los cracks surgidos en las interminables llanuras del interior, mayoritariamente de las provincias de Santa Fe y Córdoba.

Así como Di Stéfano fue un genuino producto del AMBA, como más tarde lo serían Diego Maradona, Juan Román Riquelme o Sergio Agüero, la biografía de Messi remite a Santa Fe y su cordón pampeano, la zona agraria del país, un origen compartido por Gabriel Batistuta, Mario Kempes o Jorge Valdano. En ese mestizaje social radica el equilibrio emocional y geográfico de Argentina. La receta de campeones del mundo mezcla el roce callejero del conurbano bonaerense —la picardía del potrero de asfalto y tierra— con la templanza y el menor estrés de los pueblos del interior, donde los chicos caminan solos a los clubes y las necesidades económicas suelen ser menores.

De hecho, la gran usina futbolística de Argentina ya no está en las grandes concentraciones, sino en el denominado "Interior productivo". Mientras el AMBA, golpeado por décadas de crisis, produce futbolistas con un gen competitivo forjado en la adversidad y la supervivencia, el eje Santa Fe-Córdoba funciona como una cooperativa agrícola del talento. De allí no solo salen futbolistas de tracción a sangre y buen pie, sino la matriz intelectual que dirige al fútbol argentino: los entrenadores.

El propio cuerpo técnico de la selección es un mapa de esta pampa gringa y futbolera. Lionel Scaloni es de Pujato (Santa Fe, 4.000 habitantes); sus ayudantes, Walter Samuel, es de Firmat (Santa Fe), y Pablo Aimar, de Río Cuarto (Córdoba). Son hombres criados bajo la cultura del trabajo de campo, la tranquilidad de las ciudades medianas y una relación con el éxito mucho más desahogada y menos histérica que la que se vive en Buenos Aires. Esa calma rural es la que, paradójicamente, terminó ordenando el caos crónico de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) hasta llevar al equipo a la cima del mundo en Qatar.

Para este Mundial 2026, la fisonomía del plantel mantiene el equilibrio de sus dos grandes vertientes. Por un lado, la resistencia y el desparpajo de los chicos de los barrios calientes de Buenos Aires (como Rodrigo De Paul, Enzo Fernández o Gonzalo Montiel); por el otro, la estirpe de los chacareros del gol y el orden (los santafesinos y cordobeses como el propio Messi, Julián Álvarez, Cristian "Cuti" Romero o Nahuel Molina). Dos Argentinas unidas por un mismo cordón umbilical: la pelota como el principal producto de exportación no tradicional del país.

Más Noticias